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lunes, enero 15, 2007

Blogósfera unida alrededor de Guaguau

Mucho se ha hablado sobre el impacto o no de los blogs en los grandes medios. Algo deben estar haciendo bien, para que medios de comunicación mucho más grandes estén pendientes de lo que se escribe en algunos de ellos, aún desde otros países, lejos geográficamente de nosotros, pero a un click de distancia gracias a la Internet. Lamentablemente esa atención no siempre trae cosas buenas.

El día de hoy no falté a mi cita diaria con el excelente programa de blogalaxia, llamado Telúrica. En el episodio de hoy, titulado Steve y la manzana de la discordia, casualmente hablaban del plagio de textos, mediante el cual prestigiosos periodistas toman textos escritos por bloggers para publicarlos como si fueran de su propia autoría.

Pero ya había vivido yo de cerca esta experiencia desagradable leyendo el blog de mi amiga y periodista Markota, a quien un medio boliviano le clonó un artículo de manera descarada. Y en ese mismo blog precisamente, leía yo hoy una denuncia sobre la difamación de la que ha sido objeto nuestro amigo Guaguau. Por la publicación de unos fotomontajes de Beyoncé y Angelina Jolie, donde aparecen como si fueran anoréxicas -y se ven por ende, patológicamente desagradables-, dos grandes medios mexicanos decidieron que el blog de Guaguau apoya y promueve la anorexia y la bulimia.


El caso es descrito magistralmente por Markota en sus detalles concernientes a la evidente falta de profesionalismo y ética profesional de los periodistas que tergiversaron a Guaguau. La crítica e interpretación sobre la intención original de Guaguau al publicar estas imágenes y escrita por parte de Marsares, el editor de equinoXio, no podría ser más precisa y elocuente: “Llamar a la cordura a través de estas imágenes repulsivas, a quienes se están inventando una estética de la fealdad. Las imágenes impactan, no hay duda, pero la sorpresa no pudo ser mayúscula. Aparte de dispararse las visitas, un rosario de comentarios de adolescentes clamaban porque les indicaran dietas, tratamientos, consejos para perder los kilos que las atormentaban. Un post bien intencionado causó el efecto contrario y para colmo, dos sitios de Internet lo señalan como un blog que apoya la anorexibulimia.”

Los sitios de Internet que citan a Guaguau como promotor de la anorexia son EL MUNDO DE HOY, y SALUD.COM. No sé si el problema de estos medios sea un síndrome de falta de imaginación, talento, ética, simple comprensión de lectura (y artística), o todos los anteriores. Pero sin duda alguna, la aberrante interpretación que estos medios le han dado a los artículos de Guaguau, constituye un magnífico ejemplo de cómo los medios que se sienten más poderosos frente a otros más pequeños, como los blogs, abusan de su poder mediático de manera soberbia. La lista concreta de fallas de rigor periodístico, y consulta de fuentes, ya la elaboró juiciosamente el gran periodista y amigo virtual, Víctor Solano.

Tamaña equivocación. La blogósfera colombiana está cerrando filas alrededor de este ataque mediático desproporcionado, porque pone en peligro el sagrado derecho a expresar la opinión, y sobretodo a no ser difamado en el acto. Y lo está haciendo con la certeza de que cualquiera de nosotros, más allá de sus convicciones políticas, religiosas o filosóficas, podría ser la próxima víctima de algún medio inescrupuloso de éstos.

En honor a Guaguau, pero sobre todo en honor a la verdad, no cesaremos de ladrar.

NOTA: Los amigos de blogalaxia hicieron una nota muy interesante en el programa Telúrica al respecto de este incidente. No se lo pierdan.

jueves, abril 06, 2006

Síndrome dismórfico (segunda parte)

Volvamos con Cristina, y la Venus de Botticelli. Ya había contado que cuando la conocí me pareció algo tímida al principio. A medida que la fui conociendo, se hacía claro que acudía a mí ya no como su pretendiente, pero como su amigo. A pesar de mi decepción por mi fallido cotejo, los hombres solemos conocer mejor a las mujeres a través de la versión sin tapujos y “sin censura” que se nos ofrece en el rol de amigos, y que difícilmente puede llegar a ser tan sincera y desparpajada cuando hay sentimientos de pareja de por medio. Quizás por eso accedí a seguir en el mismo plan, o más probablemente, no quería aceptar el rechazo, y empecé también a incurrir en un proceso sadomasoquista con Cristina.

Excluida de entrada la posibilidad del amor, como buen y "desinteresado" amigo que era, Cristina me buscaba especialmente cuando tenía problemas para “aguantarse ella misma”. Eso, y la intoxicación etílica, de entre leve a moderada de uno que otro “viernes cultural”, produjeron el famoso efecto desinhibitorio emocional de las mujeres, y no el sexual, como hubiera preferido (y sepan disculpar las lectoras si suena machista). Y así se hizo más evidente su complejo de inferioridad.
Las historias de siempre. Que el último novio la había dejado por una vieja “divina”, aunque le dolía admitirlo. Que había tenido un bajón de ánimo y mucho estrés durante ese semestre, por lo que “había comido como una vaca”, descuidándose tanto ella a sí misma en lo físico, como a la relación con el susodicho. Pero que le hubiera dolido más si la hubieran dejado por una mujer inferior a ella, porque eso también la rebajaba a ella.
Con las dosis correctas de alcohol, afloraban cuasi-confesiones como la de que “la culpable del fracaso en la relación era ella, y que si ella fuera hombre, hubiera actuado igual”. A dosis más altas, el culpable era él, “por no valorar la entrega y desinteresada pasión con que lo amaba ella a él, pues ella era una amante, novia y amiga incondicional, que se la había jugado a fondo por él”.


Medios, imagen y autoestima
Venus de Urbino. Tiziano la dibujó en 1538, muestra una figura real y se aleja del idealismo del Renacimiento. Tiziano estaba cansado de las "imposiciones estéticas" de su tiempo. Esa es la cultura que los medios NO nos ofrecen.
Por cierto, aquí es donde empieza a verse la validez del comentario de la primera parte de este artículo, cuando se decía que no son sólo los pacientes con dismorfofobia los que sufren. Asimismo es claro el conjunto más o menos constante de un carácter obsesivo, tímido, ansioso y demasiado sensible a la crítica, y que por tanto son personas que no saben manejar el rechazo.
Un médico suele denominar a un conjunto estable de signos (lo que se ve en el paciente) y de síntomas (lo que siente el paciente) como síndrome, de ahí el título de los artículos. Pero el concepto científico de síndrome deja de lado el papel de los medios como facilitadores ambientales de varias enfermedades, entre ellas, la dismorfofobia.
Es irónico pensar que con las conquistas del siglo XX de la revolución sexual, y la lucha por la igualdad de géneros, la humanidad llegó a creerse ad portas de haber alcanzado un hito decisivo para la estabilidad socioeconómica, política y humanística de Occidente.
Pero hay pocas cosas más inhumanas que el desprecio del hombre (y la mujer) de si mismo, y por ende de su propia especie. El 5 de enero de este año encontré este magistral resumen de la situación actual, publicado por la Asociación de Mujeres Jóvenes de Asturias (España):

Una de las características más llamativas de estas revistas es su excesiva preocupación por temas relacionados con la estética y las relaciones con los hombres (casi siempre parten de un tipo de pareja heterosexual), obviando otros temas como podrían ser la formación, la salud, la cultura o el empleo. (..) Todas estas revistas parecen basarse en el ideal de misoginia romántica que consideraba la belleza como el arma principal de una mujer, y, aún hoy, nuestro objetivo vital sigue siendo el de mantener un físico adecuado al canon de nuestro tiempo y que sirva para atraer mejor a los hombres. Los medios de comunicación toman cada vez más importancia en nuestra sociedad, y en la era de la aldea global nos ofrecen una ventana desde la que mirar el mundo, una ventana cuyos marcos y cristales pueden cambiar el sentido y el color de nuestra mirada.

Las críticas más agudas y ejemplarizantes en contra de los medios de comunicación, por su complicidad con el estigma estético, provienen de sus principales víctimas, es decir, las mismas mujeres. Pero el problema real no es el de una lucha de género, sino la cada vez mayor prevalencia de los síndromes dismórficos en ambos sexos, y por ende es más relevante la crítica y la toma de conciencia sobre el problema.


Volvamos una vez más con Cristina. Lo último que supe de ella, es que estaba yendo al psicoanalista. Supe que incluso tuvo una crisis y fue internada dos semanas en una clínica mental, por dizque intento de suicidio, pues aparentemente sus intenciones de morir no eran reales, afortunadamente. Había tomado diez pastillas de dólex ® y una botella de vodka para chantajear a su familia y obligarla a que le financiaran una liposucción del abdomen. A una íntima amiga suya, llamada Laura, y que era una compañera suya inseparable de la universidad, su familia si le había pagado la dichosa cirugía.
Y Cristina entró en ira al pensar que sus padres no la querían lo suficiente, y por ende, no comprendían sus necesidades. Se sintió desafortunada de no ser como su amiga, y de no tener su familia.
Pero no fue por eso que internaron a Cristina en la clínica. Fue porque tres días después del pseudointento de suicidio de Cristina, su gran amiga y cómplice Laura, quién ya había sido dada de alta hace tres días por su "abdominoplastia", hizo un paro cardiopulmonar súbito y se murió. El informe de Medicina Legal decía que había muerto de una complicación llamada embolia grasa, o sea grasa que se mete a las arterias y pasa al cerebro, ocluyendo su oxigenación irreversiblemente y produciendo muerte cerebral.
Intentaron demandar al cirujano plástico y a la clínica, pero esta rara complicación ya había sido advertida, y aceptada como “riesgo poco probable, pero posible” de la intervención quirúrgica.
Legal- y éticamente, estos profesionales de la salud habían cumplido con lo preestablecido en estos casos.

Que la autoestima dependa de la opinión de los demás, puede llegar a ser un estigma mortal. Y que los medios reafirmen el estigma, en este caso, es un intento de genocidio en tercer grado.

El otro día volví a oír de Cristina. Anda más depresiva que antes. Pero ahora al menos sabe por qué sufre. Me llamó, pero me hice el indiferente, y el “orgulloso”, como dicen por ahí. La verdad aún no sé por qué me perturba tanto su recuerdo. Si es su sufrimiento o si es el mío.
Y sin embargo se con certeza, que ella es una mujer muy afortunada.
("Novelón ficticio")

sábado, abril 01, 2006

Síndrome dismórfico (primera parte)

Cristina se levanta y se ve al espejo. Está apenas a tiempo para ducharse, embuchar unos huevos con pan, tomar un café con leche y coger el bus para llegar a la universidad a tiempo. Pero está en el baño contemplándose en el espejo obsesivamente. Agarra un pliegue de piel de su abdomen, lo aprieta con rabia…, coge una regla y lo mide…, seis centímetros, uno más que hace un mes. Vuelve a medir para cerciorarse de que lo hizo correctamente, ahora son siete, quizás hasta siete y medio. En ese malabar pierde cinco valiosos minutos. Luego, ya no sabe que ponerse…, la camiseta ombliguera resalta aún más sus llantas…, la ropa que compró el mes pasado ya no le sirve, y pasan diez minutos más. Toca pasar al plan B rápidamente, y coger ropa prestada de la hermana, sin que esta se de cuenta…¿Desayunar? Ni hablar. “No mami, es que voy a llegar tarde y además la comida de ayer me sentó mal, creo que se me volvió a alborotar la gastritis…”.
De aquí en adelante volverá a la estrategia de la ensalada de frutas, y al viejo dicho de que le encantan las vitaminas, y que odia la pizza y las hamburguesas, y la grasa toda.
Y así será por siempre, de ser necesario…

Empiezo por decir que mostrar preocupación por un defecto corporal mínimo o inventado es el pan de todos los días de miles de hombres y mujeres en todo el mundo cuando se levantan por las mañanas, y se reconocen a si mismos en el espejo. Pero cuando la preocupación se convierte en una obsesión que interfiere con las actividades cotidianas, puede afectar gravemente la autoestima, y peor aún, llegar a alterar la salud, y las consecuencias pueden ir desde problemas para socializar hasta la muerte.

Basta con hojear algunas revistas por el estilo de CARRUSEL, ALÓ, CROMOS, SOHO o FUCSIA, para darse cuenta del gran impacto que tienen los productos de belleza y/o adelgazamiento tanto en la pauta publicitaria como en los artículos ahí contenidos.

La revista Motor, el suplemento de EL TIEMPO, que supuestamente es un magazín sobre motores, máquinas y carros, dedica buena parte de su pauta publicitaria a promesas comerciales de “ensanchar y alargar” el miembro masculino, agrandar los senos femeninos, realzar la cola…, en fin, el rendimiento mecánico y estético de la belleza, que establece un “performance” en la belleza y la moda en beneficio de toda una industria de miles de millones.

Es difícil diferenciar el acto humano, y quizás necesario, de preocuparse por el “look”, del acto suicida y antinatural de rechazarse uno mismo como especie. Por ejemplo, cuando uno discute con sus amigos sobre que vieja está como “buena” o “interesante”, o siquiera “está apenas para una noche...”, surge por unanimidad el concepto según el cual una mujer “bien arreglada”, se ve mucho mejor que una “desarreglada”. Pero a la hora de definir “bien o mal arreglada”, las diversas opiniones recuerdan la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein.

Luego, profundizando un poco más, los gustos son tan disímiles como a la hora de comer. Hay gente que odia la cebolla, hay quienes odian el ajo, incluso esa maravillosa verdura precursora indispensable para tantos platos y productos alimenticios procesados, llamada el tomate, es un insulto al paladar de muchos. En lo personal, no me gusta el pescado, y los mariscos menos. He sido insultado por mi “ignorancia gastronómica” en más de una ocasión, incluso por mis familiares más directos. La frase que más recuerdo es: “No sabes de lo que te pierdes”. Pero nadie extraña lo que no ha tenido.

Que no decir de la belleza. Que hay feas (y por extensión, feos), las hay. Pero lo que es feo para unos, es bello para otros. ¿Cuál es el sentido de esta reflexión filosófica sobre la belleza?

Simple. El sentido es que hombres y mujeres nos proyectamos hacia nuestros semejantes, e invertimos cierta cantidad de tiempo y esfuerzo para adquirir el guardarropa, cambiar de peinado o mejorar nuestra apariencia. Queremos agradarle a la gente, y ante todo, agradarle al sexo opuesto (bueno, los que somos heterosexuales, supongo que vale para todos).

Ser vanidoso puede ser un acto de importancia cotidiana para sobrevivir, como lo es alimentarse y dormir bien, o hacer ejercicio con cierta regularidad. Lo "feo" es que la imagen y la apariencia, como problemas de forma, vienen ganándole la partida al fondo, es decir, a la esencia de lo que realmente somos. Esto es válido no sólo en las relaciones afectivas de pareja, sino para el éxito profesional. Hasta en la política el parecer está venciendo al ser.

Cuando en la televisión y los medios en general nos bombardean con las imágenes importadas de la belleza ideal, salen a relucir los comerciales de pañales, todos con bebés ojiazules y monitos. Hasta para promocionar tampones femeninos o papeles higiénicos hay que cumplir primero con un “estándar”. Nada contra los monos, y menos contra las monas…

Después vienen las medidas ideales de belleza, que a un pintor renacentista lo hubieran dejado aterrado. Los graciosos contornos femeninos, y las caderas anchas, con sus rostros con mejillas rosadas, símbolos de la fertilidad y buena salud sexual de las mujeres, han sido reemplazadas por los cuerpos estilizados en forma de palillo de las modelos famosas. Nada contra los flacos, mucho menos contra las flacas, y muchísimo menos contra las modelos…

Pero cuando esta guerra imagenológica redunda en la firme idea de que una parte del cuerpo (o todo) es desagradable, o incluso repugnante, sus víctimas empiezan a sentir que “no hacen parte de la manada”, por ende sufren angustiosamente por su supuesta fealdad, e incluso, hacen sufrir a otros.

Volvemos con Cristina. El problema sigue progresando, y tengo la mala suerte de conocer a una mujer bellísima. Es Cristina, claro. Es algo ancha, quizás hasta gordita para algunos, pero a mi me encanta su sonrisa despelotada, sus comentarios “nada que ver”, su irreverencia, su naturalidad, su sonrisa…

Luego salgo con la susodicha, y me entero poco tiempo después, que el objeto de mi afecto está obsesionado con una imperfección de su cuerpo. Que es chancha, que tiene “un banano”, que esto o aquello. Soy forzado a prestarle atención y a darle una importancia desmesurada a sus defectos, porque si no lo hago, quiere decir que ella no me importa.

“¿De verdad te gusto? ¿A pesar de…?”.

Me pregunto que le pasa a Cristina. Por qué una mujer chusca e inteligente como ella no puede aceptar mis argumentos básicos, de que me gusta así como es ella…, sin la joda de si es gorda, claro está. En ese momento aún no me he enterado de que hay una tendencia obsesiva por abordar temas relacionados con el atractivo personal. Según la psicóloga mejicana María Elena Moura, algunas estimaciones muestran que el 45% de las quejas se centran en la forma de la nariz, aunque no se descarta la mención de abdomen, cuello, mandíbula, cabello, boca, senos, manos, piernas, glúteos, pies o genitales.

”La dismorfofobia tiene mayor incidencia en adolescentes de ambos sexos y, al parecer, guarda relación con las transformaciones de la pubertad, que comienzan hacia los 12 años de edad, aunque la mayoría de los casos severos se hacen evidentes durante la adolescencia, es decir, de los 15 a los 18 años. Asimismo, se calcula que el 1.5% de la población mundial sufre esta condición, pero los expertos insisten en que dicha cifra puede ser poco fiable debido a que muchos afectados tratan de ocultar su problema y permanecen en el anonimato.”

¿Problema viejo?
El síndrome dismórfico fue descrito por primera vez en 1886 por el psiquiatra italiano Enrique Morselli, quien le llamó dismorfia corporal, y en la actualidad se le clasifica dentro del grupo de los trastornos somatomorfos, es decir, aquellos en los que el paciente presenta quejas y síntomas físicos sin que los exámenes médicos demuestren la presencia de alguna enfermedad.

El origen del mal no está en los medios, sin duda. Según los resultados de las discusiones y transcripciones de los psiquiatras contemporáneos, casi todos los pacientes han sufrido algún tipo de burlas o señalamientos respecto a su cuerpo o alguna parte del mismo durante su infancia y, sobre todo, en la adolescencia, etapa en la que supuestamente la personalidad se encuentra en formación.

Pero como todos hemos sufrido burlas alguna vez, es más probable que el origen verdadero del problema sea la falta de malicia o de experiencia para defenderse de las agresiones verbales externas, como un comentario proveniente de los compañeros del colegio o de la universidad, algunas veces la misma familia, pues este es un mal contagioso. Y ahora, que la gente "madura antes" y entra con dieciseis a la universidad, no es difícil adivinar el grado de maduración emocional de los adolescentes de hoy, que inician su vida sexual alrededor de los quince años de edad, sin salirme del tema.


Aquí es donde entran los medios masivos de comunicación, como propagadores continuos de imágenes que acentúan la idea de que la “perfección” del cuerpo es una meta que se debe alcanzar a toda costa para triunfar en la vida y ser feliz. Por algo es tan famoso el adagio de que las “comparaciones son odiosas”, pues constantemente estamos conciente- o inconcientemente comparando nuestros rostros y cuerpos. Medimos cualitativa- y cuantitativamente que tanto estamos por encima o por debajo del promedio, y nos imponemos marcas. Que si tengo carro o no tengo, si tengo, entonces que si el motor de mi carro tiene más o menos cilindrada que el de mi vecino, que si el equipo de sonido tiene amplificadores y subwoofer. Que si la vieja con la que estoy saliendo está buena o no, que si se dice que está buena o no, que es que se parece a Paola Rey, pero la otra, a Natalia París. Las mujeres, por supuesto, muchas también manejan la "bolsa masculina" de acuerdo a los parámetros correspondientes...

Desde un punto de vista muy pragmático, todos sufrimos de éste síndrome, y tratamos de cumplir con los rígidos estereotipos de belleza que los medios nos proponen para ser aceptados. Hay quienes han rechazado al amor de su vida, por las preferencias de la apariencia de otros, tanto hombres como mujeres.

Si antes era pecado ser extranjero, de otra religión, pensar diferente, o ser artista, ahora es pecado ser viejo, mal vestido o feo. Pecado que sólo se puede compensar con mucho dinero y poder, a lo sumo. Si no se tiene, hay que aparentar "lo bueno", y ocultar "lo malo". Y si la persona en cuestión, no le agrada..., "maquíllela con Néctar".

En la próxima entrega, el epílogo de este artículo, y averiguaremos que ocurrió con Cristina*… (*personaje ficticio)